KICKBOXER

(Kickboxer)
USA, 1989. 105m. C.
D.: Mark DiSalle, David Worth
I.: Jean-Claude Van Damme, Dennis Alexio, Dennis Chan, Haskell Anderson
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En los primeros minutos de Kickboxer no sólo se plantea la anécdota que se desarrollará a lo largo de toda la película, sino el mismo sentido de esta y la peculiar atmósfera que impregnará cada uno de los planos del film. La primera secuencia nos muestra cómo Eric (Dennis Alexio) derrota con suma facilidad a su contrincante en el ring, convirtiendose en el campeón americano de kickboxing. Esta secuencia, llena de color y de luz, contrastará profundamente con su próximo combate en Tailandia. Allí llega Eric con su hermano y entrenador Kurt (Jean-Claude Van Damme), con su soberbia profundamente americana, despreciando a su rival, autoproclamándose el mejor. La Tailandia que nos muestra Kickboxer es un lugar tan exótico como oscuro. Las escenas en las cuales los hermanos Sloane pasean por las calles de Bangkok no esconden su cualidad de postales para turistas, de exotismo fácil, para negarlo a continuación, internándonos en el interior de sus callejones donde la oscuridad tornea y perfila los músculos de los luchadores, dando relieve a las cicatrices, testimonio de los combates superados. Es un mundo extraño para un americano. Allí lo importante no son los títulos, ni las medallas ni salir en la portada del Times. Allí lo importante es sobrevivir. No salir en la TV y ser conocido en todo el mundo, sino cimentar la leyenda en el ring.
Y la presentación de Tong Po (himself -sic-) tiene tanto de leyenda como de mitología urbana. Antes de verle, le escuchamos. Pero no su voz, sino la potencia de su poder. Vislumbramos su coleta al aire, su espalda tensa, rígida. Los hombros apareciendo y desapareciendo. Tong Po no tiene personalidad como ser humano, es su poder la base de su leyenda. El plano de Po dando patadas a una columna, descochando el yeso de la pared con su fuerza tiene tanto de excesivo como de delirante, lo cual acerca a Kickboxer al terreno de lo fantástico. Tong Po es una especie de demonio, de bestia, que se esconde en los rincones más profundos de Tailandia, invisible a la opinión pública del mundo, pero dispuesto a destrozar a quien se ponga delante de él. En el ring es tan implacable como un Terminator, tan imparable como una apisonadora.
Kickboxer tiene varios puntos en común con Contacto sangriento (tanto a nivel argumental como visual) pero una gran diferencia de base las separa: si en aquella, el personaje de Van Damme se inscribía en el Kumite para honrar la memoria de su maestro, aquí es la venganza lo que le mueve. Así, aún en los momentos más distendidos y humorísticos, una sombra oscura planeará sobre los personajes. Eso no hace sino acentuar el lado fantástico del film, potenciado por las escenas en las cuales Van Damme entrena entre unas ruinas en las cuales puede sentir el fragor de la batalla entre los espíritus de los guerreros enterrados allí, una vez alcanzado el nivel espiritual de un auténtico luchador. El combate final, en el interior de una tumba derruida en cuyo centro se ha levantado un ring circular delimitado con cadenas y antorchas, en el cual los guerreros lucharán con los puños embadurnados de resina y cristales rotos, potenciando el carácter excesivo y pulp de la historia, enmarcará definitivamente a Kickboxer en el terreno de lo fantasioso.
Y en el terreno de lo camp, sin duda, se incribiría el personaje de Van Damme. Con su pelo corto y liso, peinado con raya a un lado, sus pantalones caqui, su camiseta de tirantes a punto de romperse por la tensión de los músculos o ese conjunto de pantalón y chaleco vaqueros le dan una imagen inequívocamente gay. Imagen que la película parece querer potenciar a través de numerosos detalles: esa imagen en la cual coge un ramo de flores que su hermano le arrebatará para darselo a una chica. Kurt parece el lado sensible de su hermano: si este es un rudo americano de pura cepa (pelo largo y rizado, bigote), Kurt fue educado por su madre y creció en Europa, donde estudió ballet. Sin ir más lejos, en una escena admitirá que le encanta bailar y lo demostrará a continuación, marcándose un inenarrable baile de inequívocos movimientos amanerados. ¿Es quizás este lado homoerótico el que le permite vencer a Tong Po? En un ambiente dominado por la testosterona, profundamente viril (y machista), es posible que sólo un luchador como Kurt, que a través de un duro entrenamiento ha llegado a un nivel de paz interior con su auténtico ser, pueda vencer, combinando la fuerza con la agilidad, la furia de la venganza con la serenidad del autoconocimiento.

engelson dijo
Joder int, dificil decirlo mejor. Me pondría a entrecomillar frases y no paraba. Solo comentar la técnica de entrenamiento de Tong Po: repetir patada baja en la esquina de una columna, mi preferida.
4 Mayo 2006 | 08:14 AM