(Imprint)
USA-Japón, 2006. 63m. C.
D.: Takashi Miike
I.: Youki Kudoh, Billy Drago, Michie Ito, Toshie Negishi

Hacia la mitad de metraje de Imprint el espectador empieza a comprender los motivos por los cuales este decimotercer episodio de la serie de terror Masters of Horror ha sido vetado de la televisión americana para su posterior estreno en formato DVD. Acabado el episodio ese mismo espectador concluye que lo que le extraña es que cualquier televisión del mundo se atreva a emitirlo. Ya no se trata de los escabrosos elementos que forman el entramado narrativo del film (incesto, violencia de género, prostitución, criaturas monstruosas, abortos manuales -literalmente-, torturas en el límite de lo humanamente soportable) sino de la peculiar atmósfera que Miike construye a través de dichos materiales.
Las (contadas) ocasiones en las cuales Takashi Miike ha facturado un film de género bastan para acreditar al popular director japonés como uno de los pocos de su profesión dispuesto a hacérselo pasar realmente mal al espectador (junto a Rob(Los renegados del Diablo)Zombie y Eli(Hostel)Roth), enfrentandole cara a cara con la esencia misma del mal e introduciéndole en un pavoroso universo del horror cuyo destino final es ese límite de ruptura en el cual el espectador se encuentra perdido, abandonado, una vez sus concepción de lo extremo ha sido superada.
Imprint toma elementos de las películas de terror más famosas de Miike: de Box (el mejor episodio de la irregular Three... Extremes) no solamente hereda su formato de mediometraje, sino que reformula la ambientación circense de aquella transformando una isla apartada convertida en burdel en una auténtica parada de los monstruos, con las prostitutas convertidas en fenómenos de feria, habitada por auténticos freaks (la prostituta desfigurada o el enano al que le falta un pedazo de nariz); con Gozu comparte esa atmósfera de extrañamiento, con un extranjero que se interna en un territorio desconocido (y apartado) en el que las leyes de lo racional son contínuamente alteradas (y también algunos personajes lynchianos como el anteriormente citado enano); en un principio, Miike utiliza los recursos del más reciente cine de fantasma nipón (cuyo exponente más exitoso es su Llamada perdida), pero finalmente Imprint remite a Audition, no sólo por su apuesta por la tortura como tour de force cárnico de acupuntura extrema (parecía imposible, pero Miike consigue superar el escalofriante final de Audition, convirtiendo definitivamente el acto de inflingir dolor en una de las bellas artes en la cual el síndrome de Stendhal del torturador es indisociable de la capacidad de aguante (y potencia pulmonar) de la víctima-lienzo), sino transformando Imprint en un laberíntico entramado de cajas chinas, a medio camino entre lo real y lo fabulado, lo onírico y la (falsa) vigilia, rematado por un final en el que se funden las personalidades del Cronenberg más primigenio y el Henenlotter más costroso (o remitiendo, lo que es lo mismo, el final de Tokyo Snuff).
Y es que, una vez más, a través de un recorrido en el cual se entrecruzan lo repulsivo con lo insoportable, el talento compositivo de Miike, su capacidad de perturbar al espectador con un sólo (que no simple) movimiento de cámara, nos demuestra que en el núcleo de lo bizarre, en el corazón de lo extremo, puede anidar lo poético, lo maravilloso.