(La marca del hombre lobo)
España, 1968. 90m. C.
D.: Enrique L. Eguiluz
I.: Paul Naschy, Dianik Zurakowska, Rossana Yanni, Manuel Manzaneque

Tal y como Paul Naschy plantéa la maldición que sufre su popular personaje Waldemar Daninsky, éste parece ser víctima de una conspiración casi cósmica. De una serie de situaciones, sucesos fortuitos encadenados pero que, además, han sido puestos en marcha por él mismo, lo cual le añade un matiz irónico que, quizás, no sea del todo impremeditado. Después de todo, en una escena del film, Waldemar define sus situación como una pirueta irónica del destino al comprobar cómo su propio padre se enfrentó al hombre lobo que antiguamente asolaba con sus sangrientos crímenes la comarca. De hecho, cada vez que Waldemar se transforma en licántropo, se repite un plano en el cual vemos la luna llena reflejada en el agua, plano que ya aparecía con la transformación del hombre lobo que contagiará la maldición a nuestro protagonista. Da la impresión de que dicha maldición se propaga por las tierras desde el principio de los tiempos, una maldición que es imposible de parar, repitiendose constantemente, marcando el territorio. Por tanto, desde el principio Waldemar aparece como un personaje condenado, presa de un oscuro destino del que no podrá escapar.
Destino que parece compartir Jacinto Molina, quien parecía irremediablemente "condenado" a dar vida en la pantalla a los monstruos que aterrorizaron (y fascinaron) su niñez. De esta manera, y a través de la transformación en Paul Naschy, en La marca del hombre lobo se realiza un repaso a los iconos y a los tópicos del cine de terror más clásico, partiendo del ciclo de la Universal (con especial mención a los populares cócteles de monstruos como La zíngara y los monstruos) y pasando por el más reciente (para la época, claro) de la Hammer (el uso de la sangre y el toque sexy, pero también en la ambientación abiertamente gótica, hasta el punto de que, a pesar de transcurrir el film en la actualidad, los 60, en ocasiones da la impresión de estar asistiendo a un film de época).
Es quizás debido a esta mirada sentimental que el film no se centra tanto en los aspectos más terroríficos (los sangrientos ataques del hombre lobo) como en los dramáticos. Así, el hombre lobo per se apenas tiene protagonismo, mostrándosenos sólo uno de sus ataques, pues Naschy prefiere centrarse más en la dramática y desesperada situación en la cual se ve envuelto Waldemar. Desde luego, para Naschy éste no es tanto un peligro como un hombre desesperado, víctima de un trágico destino. En este sentido parece funcionar la aparición de la pareja de vampiros en el último tercio del film, seres de ultratumba que, al contrario que Waldemar, están orgullosos de lo que son, disfutando al someter y torturar a sus víctimas. Waldemar se convierte, así, en un héroe trágico, casi en una figura positiva, al enfrentarse a los vampiros, realizando así un acto de redención antes de encontar la paz eterna.
Pero si para Naschy los vampiros son, claramente, uno seres diabólicos al lado de los cuales Waldemar/hombre lobo minimiza su malignidad, no parece ocurrir así para el director del film, pues las mejores imágenes de La marca del hombre lobo tienen a estos de protagonistas: especialmente la llegada de la pareja a la estación, apareciendo entre la niebla (y anticipándonos su verdadera naturaleza de no-muertos) y la escena en la cual el vampiro interpretado por Julián Ugarte escenifica una extraña y casi surrealista danza con su víctima hipnotizada mientras huyen por un pasillo de sus perseguidores. Momentos en los que se consigue evocar (aunque sea mínimamente) el aliento poético y misterioso del que carece el resto del film, resuelto con profesionalidad, pero carente por completo de fluidez narrativa y ritmo, destacando, tan sólo, el uso emocional que se hace de la iluminación.