(Caché)
Francia, 2005. 115m. C.
D.: Michael Haneke
I.: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Annie Girardot, Bernard Le Coq

El primer plano de la última película del austríaco Michael Haneke consiste en una toma fija desde un callejón que nos muestra una calle y, al fondo, una casa. Durante varios minutos parece no pasar nada, excepto el tránsito de la circulación y de algún peatón. Entonces, por un instante, un segundo, la imagen se congela y empieza a avanzar a cámara rápida. Lo que estamos viendo es la grabación de una cinta de vídeo que los protagonistas están visionando en el salón de su hogar. Por tanto, el naturalismo de la imagen ha cambiado a su contrario: el hiperrealismo se ha convertido en apariencia, en reconstrucción de una realidad que ya es pretérito. Es este concepto de la apariencia, de lo que parece ser y de lo que se esconde en el interior la idea que vertebra el ensayo fílmico de Michael Haneke: en Funny Games un par de educados y aparentes jóvenes escondían tras su máscara de amabilidad a unos monstruos amorales, a quienes los conceptos de Bien y de Mal no eran más que palabras de difuso significado; en Código desconocido nos introducía en un laberinto de historias (y de vidas) regidas por prejuicios sociales y morales; en La pianista bajo su máscara de hielo, Isabelle Hupert mitigaba un volcán de patologías sexuales.
En Escondido, la pareja burguesa que recibe la intrusión de lo extraño en su ordenada (y aséptica) relación vuelve a servir de materiales con los cuales Haneke realice su énesima disección de la incomunicación entre los habitantes de una Europa globalizada. Las cintas de vídeo que reciben periódicamente mostrándoles grabaciones de su hogar sirve, más que de mcguffin, de arbitrario deux ex machina para poner en cuestión unos comportamientos, unas relaciones que se cuestionan por sí mismas. El ciudadano contemporáneo vive una existencia virtual por lo que tiene de falsa, pues esta está asentada, construida desde el olvido, desde un pasado escondido entre las oscuras, claustrobóbicas paredes del subconsciente.
Así, la procedencia de las cintas, o los motivos de su aparición, es decir, los elementos que construyen el misterio se diluyen hasta carecer de importancia, una vez han alcanzado su objetivo: desenmascarar a sus destinatarios hasta convertirlos en unos perfectos extraños cuyos movimientos resultan imprevisibles. Es en ese terreno dominado por las mentiras en el cual el elemento perturbador cambia de naturaleza: si en un principio esos planos estáticos anunciaban la presencia de un ente extraño (y, por tanto, amenazante) ahora son los mudos testigos de unos acontecimientos a los que despojan de cualquier posibilidad de engaño. Tras obligar al protagonista a mostrar su condición de farsante, esas cintas se encargan de dejar testimonio "objetivo" de sus movimientos como pruebas para creer en sus palabras.
En Escondido, la memoria es un reflejo fragmentado en el cual cada grieta que recorre el cristal escinde nuestro recuerdo entre lo que ocurrió y nuestra propia interpretación de los hechos hasta que estos no son más que material para nuestras pesadillas, del cual olvidarnos una vez despiertos: un medio para irresponsabilizarnos de lo que hacemos, de nuestras acciones, de nuestro daño. En el momento en que, por diversas razones, ese cristal termina de romperse, esas pesadillas quedan libres contaminando nuestra realidad, desmantelando nuestra (pre)fabricada existencia. Es a partir de ese instante cuando lo familiar se convierte en lo desconocido: cuando cualquier movimiento puede ser el preludio de una acto de violencia (tanto para los demás como para nosotros mismos); cuando la seneridad de un plano puede dar lugar a la agresión en su correspondiente contraplano; cuando, en definitiva, aparece el miedo.