España, 1972. 85m. C.
D.: Jesús Franco
I.: Howard Vernon, Dennis Price, Fernando Bilbao, Alberto Dalbés

A la hora de comenzar un acercamiento crítico a Drácula contra Frankenstein parece que resulta obligatorio destacar dos ideas: 1) que la película nace como respuesta al academicismo narrativo de la anterior película de Jesús Franco, El conde Drácula; y 2) que la película es un homenaje a los arquetípicos monstruos clásicos de la productora Universal, siendo una suerte de respuesta española a esa serie de reuniones de monstruos que marcaron la decadencia de éstos. Ambas afirmaciones son tan ciertas como (cansinamente) ineludibles, pero también pueden despistar al lector (y futuro espectador del film), reduciendo el alcance de un film tan rico y deslumbrante como el que nos ocupa.
Más allá de su condición de homenaje a una determinada estética del terror, Drácula contra Frankenstein es toda una declaración de amor al cine en general. Los acontecimientos narrados no trascurren ni Transilvania ni Inglaterra (ni siquiera en Holfestein), de hecho, los escenarios mostrados y los personajes que los moran no son de la Tierra, sino que son una construcción imaginaria cuyos cimientos se han levantado en el inconsciente sentimental de su autor. De esta manera, las imágenes de Drácula contra Frankenstein hacen gala de una pureza absoluta, pues no están contaminadas, determinadas por los engranajes de una narratividad (ortodoxa) que coarta, encarcela el vuelo libre de la imaginación, el puro placer de los sentidos. Drácula contra Frankenstein se confirma como un arrebatador, embriagador espectáculo sensorial, dominado por una fuerza interna, en el que las referencias y lo prestado se funde con el mundo interior de Franco. Prácticamente un film mudo, en el que las pocas palabras escuchadas son en off, como si apuntaran las imágenes, las comentaran sin pertenecer a ellas, donde se conjugan elementos que van de la Hammer al expresionismo, pasando por el espíritu del cómic; mezclando cierto sadismo (el Conde Drácula es resucitado ahogando a un murciélago en la sangre de una cabaretera) con imágenes de potente impacto surrealista y poderío poético (el plano llenado por el ojo de Drácula mientras muerde a su víctima) con cierto ánimo desmitificador (ese Drácula, una hierática máscara de cera con el petrificado semblante de Howard Vernon, marioneta usada por el doctor Frankenstein para sus megalómanos planes para conquistar el mundo) y referencias directas al propio mundo jesusfranquiano (la escena del cabaret).
El veterano director español domina el ecléctico mundo creado a través de una lógica interna basada tanto en la heterodoxia (a)narrativa como en una coherencia interna (y profundamente idiosincrática) basada en la correlación de ideas (si estamos en un film de terror y hay luna llena, lógicamente por algún lado tiene que salir el hombre lobo). Con una factura visual que tiene en el zoom su máxima autoridad estética a la vez que marca de fábrica en tanto que sello de autor, el resultado sumerge al espectador en un estado de fascinación casi hipnótico, literalmente rendido ante un torrente de (posiblemente, impremeditada) genialidad.