CAPTURING THE FRIEDMANS

(Capturing the Friedmans)
USA, 2003. 107m. C.
D.: Andrew Jarecki
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Entre el collage de imágenes con el que empieza este prestigioso documental (home videos rodados por la propia familia; entrevistas actuales a los miembros de la misma; planos de situación del escenario en el que ocurrieron los hechos, en la actualidad) conviene destacar una: David Friedman, el primogénito de la familia, realizando unas "anotaciones" en su diario en vídeo: "Esto es privado. Así que si no eres yo, para la cinta. Es personal", es lo primero que dice mirando fijamente a la cámara antes de desgranar los funestos acontecimientos que están precipitando a su familia hacia el caos... y la (auto)destrucción. No es casualidad que el director Andrew Jarecki coloque este fragmento al principio de su película: de esta manera, abre la ventana para que podamos contemplar la intimidad de un hogar habitado por unos perfectos desconocidos. Es en este punto, al poco de comenzar, cuando el espectador debe tomar su primera decisión: mirar o apartar la vista.
Más que el retrato de un (oscuro) caso de pedofília y abuso (sexual) de menores, Capturing the Friedmans supone la observación (voyeur) de la desintegración de una familia (casi) en directo. La costumbre (tan americana, por otra parte) de la familia Friedman por filmar (o grabar) todos los acontecimientos de su vida nos da la oportunidad de ser uno más de ellos, de integrarnos en un clan a(de)solado (cercado) por la duda, por la desconfianza. Son escalofriantes las escenas hogareñas en las cuales los miembros de la familia intentan hacer su vida normal, celebrando un cumpleaños o una celebración religiosa, intentando olvidar que una acusación de abuso de menores pende sobre el patriarca (Arnold F.) y sobre el benjamín (Jesse F.). Un intento condenado al fracaso, porque las discusiones y los reproches salen a colación en seguida. Capturing the Friedmans revela la fragilidad de las estructura que conforma la institución familiar, compuesta por perfectos desconocidos que enmascaran sus auténticos sentimientos en favor de un (cínico) status quo.
El documental posíblemente sea el más perverso género cinematográfico, pues construye con imágenes puras, no contaminadas por la ficción, un artefacto de realidad que, en el fondo, supone la más elaborada de las ficciones. A lo largo de todo el metraje, Jarecki busca esa entelequia llamada "objetividad". Así, intenta representar todas las partes enfrentadas del caso, dar cabida a todos los puntos de vista posible, llegando a montar declaraciones contradictorias de un mismo suceso relatado por diferentes personas a modo de divergente diálogo. Es una búsqueda condenada al fracaso, pues en el momento en que se descarta un plano, o se elige un determinado encuadre, en el mismo instante en el que se decide poner una declaración antes que otra, se está manipulando la realidad, convirtiendola en un esquema que le (nos) guíe hacia una resolución, hacia un objetivo.
El espectador mismo se siente incómodo ante los hechos y declaraciones que pasan ante sus ojos, intentando en todo momento mantener la frialdad, buscando esa misma objetividad ante unos hechos, además, rodeados de oscuridad. Así, es inevitable pasar de la repulsa ante unos sucesos mostruosos a la lástima ante unos patéticos seres quienes se encuentran superados por unas circunstancias que, en el fondo, ellos mismos han creado; de unos cuestionables testigos cuyas confesiones están llenas de lagunas y contradicciones a unas pruebas incriminatorias que provocan la duda razonable en un caso en el cual, como siempre que se une el sexo (violento o no) y la infancia, la presunción de inocencia desaparece ante los ojos de una sociedad horrorizada y estigmatizante.
Llegado a esta encrucijada (moral), el director decide recorrer el camino más humano y sensible: la mirada a unos seres marcados por sus miedos, por sus pasiones, por sus mentiras, recorridos (aislados) por el virus de la desconfianza, capaz de transformar lo familiar, lo cálido, en lo extraño, lo inquietante. Unos seres que contemplan como el mayor tesoro que posee el ser humano se les escurre entre las grietas que han roto su propia vida: el tiempo.
