(Palindromes)
USA, 2004. 100m. C.
D.: Todd Solondz
I.: Ellen Barkin, Richard Masur, Matthew Faber, Angela Pietropinto

La figura del palíndromo es un camino hacia la sabiduría: la primera vez que se lee (de izquierda a derecha) significa el descubrimiento de un terreno hasta entonces desconocido, de un significado; pero cuando realizamos el camino de regreso (de derecha a izquierda) supone confirmación. La quinta película del director de Happiness comienza con un funeral para, a continuación, expresar un deseo. El plano que clausura el film vuelve a retomar ese deseo, pero en esta ocasión de manera más entusiasta, más segura, producto del viaje realizado entre esos dos planos.
El mayor deseo de la adolescente protagonista de Palindromes es ser madre. La maternidad (y la reproducción) es el acto de la trascendencia. El dejar algo nuestro para la posteridad, el dejar huella de lo que hicimos. Pero también es un intento de reparar errores o superar frustaciones: convertir a nuestro hijo en aquello que nos hubiera gustado ser, aquella meta que no pudimos alcanzar. Tras la pérdida del hijo que esperaba, Aviva escapa de su hogar, el cual, más allá de las seguras paredes de su habitación, se ha convertido en un espacio tan desconocido como peligroso. Solondz vuelve a utilizar la figura narrativa del episodio, presentando cada uno de los capítulos que componen esta extraña road movie con el nombre de uno de los protagonistas que lo integran. En cada episodio, Aviva cambiará de aspecto físico, siendo interpretada por diferentes actrices: pelirroja y pálida; rizosa y regordeta; enorme y negra... Solondz visualiza el deseo de la protagonista, dando cuerpo a esa hija ideal que podía haber sido, toda una lotería de posibilidades físicas, pero también dando un carácter universal a la anécdota que está viviendo.
Los palíndromos tienen una personalidad escindida, pues, para descubrir una de sus partes siempre es necesario haber estudiado una antes, la más inmediata, la superficial. El volver sobre esas palabras ya conocidas nos obliga a profundizar en su significado, a la búsqueda de una acotación oculta. El mundo de Solondz está compuesto por personajes que, a modo de palíndromos, esconden sus secretos bajo una máscara reconocible y accesible. El director de Bienvenidos a la casa de muñecas nos enfrenta, una vez más, a nuestras miserias, en el fondo, a lo que nos convierte en humanos, a la imagen de aquello que queremos esconder, aquello que nos asusta y que preferiríamos no ver por miedo a sentirnos identificados. La frontalidad de la mirada de Solondz y sus gotas de humor cínico e hiriente no esconde esa identificación o, por lo menos, sus simpatías hacia sus personajes, humanizándolos y convirtiendo a aquello que consideramos monstruoso en seres a la deriva necesitados de cariño.
En Palindromes, al igual que en el resto de su filmografía, Todd Solondz nos demuestra que el mundo es un lugar complejo en el que todo aquello que lo (con)forma tiene dos caras: nada es bueno o malo: una comuna formada por discapacitados físicos y/o mentales que forman una alternativa familia americana basada en el amor y la tolerancia puede esconder un grupúsculo de fascistas fundamentalistas religiosos; un doctor que practica abortos (un monstruoso asesino para la protagonista, capaz de robarle su sueño de ser madre para siempre), es, al mismo tiempo, un cariñoso marido y un entregado padre de familia numerosa; un (supuesto) pedófilo puede esconder bajo la máscara que le ha impuesto la sociedad la nihilista lucidez del misántropo. Todos ellos seres humanos, con sus virtudes e imperfecciones que, en el (cínico y doloroso, pero no carente de ternura) cine de Todd Solondz, cuando descubrimos una de sus personalidades, estamos obligados a volver a ellos para conocer los secretos que guardan. Como los palíndromos.