(Boksuneun naui geot)
Corea del Sur, 2002. 121m. C.
D.: Chan-wook Park
I.: Kang-ho Song, Ha-kyun Shin, Du-na Bae, Ji-Eun Lim

La fatalidad es un virus que impregna (y rige) el universo creado por Chan-wook Park. En él, los protagonistas son barcos a la deriva, cuya único objetivo en la vida es encontrar la felicidad, y eso sólo es posible al lado de la persona a la que quieren. En el dramático desenlace de esta película dirigida por el popular director coreano (y primera de la llamada trilogía de la venganza) uno de los protagonistas le dice a su oponente que sabe que es un buen hombre, pero que aún así, tiene que matarle. Como si fuesen autómatas teledirigidos por un cruel destino, sus movimientos siempre resultan errados, a pesar de esgrimir siempre la mejor de las intenciones. Ahí es donde radica el demoledor pesimismo de Sympathy for Mr. Vengeance: ante nuestros ojos discurren seres humanos que son superados por las circunstancias que ellos mismos han provocado.
El mundo recreado por Park se asemeja a un laberinto emocional, en el cual las paredes aíslan a sus habitantes de su entorno, haciéndoles dar vueltas sin saber muy bien dónde (y cómo) van a encontrar la salida: intentando atrapar una felicidad que se escurre como la arena de entre los dedos. La sordera (y mudez) de Ryu (Ha-kyun Shin) le aísla de su entorno, sumergiendole en un universo interior que no se rige por las mismas normas que el exterior (como indica el detalle de que en el trabajo en una fábrica sea el único que no utiliza protección para los oídos, pues no la necesita). Este estado de extrañamiento es subrayado por su pelo teñido de verde, como si quisiera enfatizar deliberadamente su falta de conexión con el resto de seres humanos.
Sympathy for Mr. Vengeance es una película desaforadamente romántica desde el momento en que el amor es lo único que estabiliza (y controla) la cordura de sus protagonistas: en el momento en que éstos pierden su objeto de deseo (una hermana, una hija, una novia...) pierden aquello que les hace humano, despertando los instintos más atávicos en forma de furia y violencia (lo cual les lleva a alejarse del entorno urbano, civilizado, en el que viven y a ejercer sus sangrientos actos en la naturaleza): ejemplar en este sentido las escenas protagonizadas por Dong-jin (Kang-ho Song) en una morgue: la primera vez, ante la autopsia de su hija no puede reprimir el malestar y la repugnancia que le producen la operación; más tarde, ante la misma ejecución en otro cadáver, su rostro muestra síntomas de aburrimiento: las personas se han convertido en cortezas físicas, huecas, al igual que se siente (lo está) él.
Chan-wook Park estiliza los comportamientos de sus personajes, construyéndoles un entorno de marcado tono formalista, en el cual la retórica visual aporta un sentido surrealista a sus desgracias. Basculando entre la inmediatez gore y el terror elíptico (la escalofriante tortura de la novia de Ryu, digna del Michael Haneke de Funny Games), entre la frigidez existencial de sus personajes y los apasionados movimientos de éstos, Park engrandece la historia de unos pobres desgraciados cuyas patéticas anécdotas son sublimadas hasta convertirles en protagonistas de una absurda tragedia en la cual Dios y la Suerte juegan a los dados en el universo, apostándose el destino de sus criaturas.