SHOCKER. 100.000 VOLTIOS DE TERROR

(Shocker)
USA, 1989. 109m. C.
D.: Wes Craven
I.: Michael Murphy, Peter Berg, Mitch Pileggi, Sam Scarber
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La secuencia de créditos es, de entrada, honesta: un montaje de planos de detalle nos muestra cómo una persona repara televisiones, con cierto sentido de ritualidad. Este prólogo recuerda a la secuenca pre-créditos de Pesadilla en Elm Street, en la cual Freddy fabricaba su guante mortal.Este paralelismo es totalmente deliberado (de hecho, Heather Langenkamp hace un cameo como una de las víctimas del asesino), pues Shocker no es sino un intento de crear un nuevo Freddy Krueger, llegando al punto de que, en ocasiones, estamos ante un remake del film más famoso de Wes Craven. Pero Craven no parece contentarse con mirar al primer capítulo de la saga protagonizada por Robert Englund, sino que a lo largo del metraje realiza un paseo por toda la serie: así, en Shocker partimos de una primera mitad más o menos seria para desembocar en un espectáculo pirotécnico y, hasta cierto punto, infantilizado.
Es es esa primera parte donde la película funciona mejor, especialmente por el retrato del protagonista. Jonathan (Peter Berg) vive una existencia idílica: su padre adoptivo, el teniente de policía (como el padre de Nancy en Pesadilla en Elm Street), le dió un feliz hogar después de una infancia de malos tratos; su entrenador le dice que tiene madera para convertirse en una estrella del fútbol americano y tiene una novia hermosa y que le quiere por encima de todas las cosas. Esta existencia contrasta con la realidad, en la cual se suceden horribles asesinatos a diario, pero de la cual él parece aislado, como viviendo en su propia burbuja (cuando una amiga le comenta su temor ante los sangrientos crímenes, Jonathan simplemente le dice que si no le gusta las noticias, que cambie de canal). Pero si en el plano de lo real, el protagonista no parece convivir en el mismo universo que el asesino, será en el mundo de los sueños donde esté conectado con él, pues puede entrar en las escenas de los asesinatos cuando estos se están poduciendo. Así, al contrario que en Pesadilla en Elm Street, no es el asesino quien utiliza el espacio onírico para aniquilar a sus víctimas, sino será el protagonista quien lo utilice como medio para atraparle. Este "poder" es producto de un trauma que Jonathan ha enterrado en su memoria, el cual, reprimido, florece en su subconsciente. Es en este contraste, entre el sardónico y sanguinario Horace Pinker (Mitch Pileggi) y el inocente Jonathan donde la película alcanza sus mejores momentos, sobre todo la escena en la cual Pinker ataca a la novia del protagonista: la pureza es corrompida por la maldad.
Esta primera mitad relata la búsqueda de Pinker por la policía y su captura final a manos de Jonathan, y, aparentemente, es la parte realista del film, y por este motivo, es en la cual el concepto de lo fantástico funciona mejor, introduciéndose de manera sutil en el metraje. A partir del instante en que Pinker se transforma en un espectro eléctrico, capaz de tomar posesión del cuerpo de personas vivas, la película degenera en un tour de force, a veces de barraca de feria, en el cual el protagonista tiene que huir de la amenaza de Pinker en las numerosas máscaras que utiliza (y sí, aquí entra la referencia a Hidden (Oculto)). Como decíamos al principio, da la impresión de que Craven toma de ejemplo las entregas más populares de la serie de Freddy, sin duda, en una (casi desesperada) búsqueda del éxito fácil (Pinker no para de hacer chistes en cada aparición y también hace gala de cierto transformismo, por ejemplo, cuando se convierte en el sillón vibratorio del protagonista).
No carece, con todo, esta parte de detalles de interés, especialmente, cuando la película adquiere la forma de una fantasía romántica adolescente del protagonista, fabricada por él mismo para vengarse del asesinato de su novia (así se entendería la credibilidad de sus amigos y entrenador; el rocambolesco plan para atrapar a Pinker; la figura de su novia que retorna de la muerte para ayudarle; y, en general, el tono hiperbólico del film) y que, finalmente, no será sino una prueba iniciática en la cual se enfrenta al trauma reprimido, encontrando su auténtica identidad (en una secuencia inicial, Jonathan confiesa que quiere que le acepten por quien es, no por sus hazañas). Así, en la conclusión del film, Craven se olvida del resto de personajes y deja solo a Jonathan con sus sentimientos, en una escena sin duda cursi, pero de inequívoco espíritu adolescente.

manuel dijo
ufff que recuerdos de cine B
13 Diciembre 2005 | 12:56 PM