(Kyua)
Japón, 1997. 111m. C.
D.: Kiyoshi Kurosawa
I.: Kôji Yakusho, Masato Hagiwara, Tsuyoshi Ujiki, Anna Nakagawa

Al parecer, Kiyoshi Kurosawa fue reclamado por las productoras Code Red y Daiei Studios para que facturara un convencional thriller que siguiera los pasos de las seminales El silencio de los corderos y Seven, películas ambas que estaban marcando, y todavía lo hacen, las señas de identidad (tanto visuales como argumentales) del género. Desde este punto de vista, Cure puede servir como cristalino ejemplo de la figura del director-autor (al menos, tal y como se conoce ahora el término, nada que ver con la utilización de éste en los 60), es decir, el creador con un mundo propio capaz de asumir un encargo (y todas las limitaciones que conlleva) y trascenderlo, sublimarlo hasta convertirlo en algo propio (e incluso superior a los modelos en los que se miraba, como en este caso). De entrada, y sobre el papel, Cure comparte numerosas similitudes con los films de Demme y Fincher. Del primero se recupera la figura del súper-criminal a un nivel filosófico y existencialista, capaz de deconstruir a sus adversarios, enfrentándoles con su Yo más oculto; pero es la película que consagró al director de El club de la lucha la que más viene a la mente del espectador: los policías del film se enfrentan a una serie de horrendos crímenes de marcado tono ritual y con un significado oculto, los cuales llevan implícito un discurso moral sobre la sociedad que los ve nacer; la pareja de policías que investiga el caso y que es atrapada en la tela de araña del asesino; y, al igual que en Seven, la trama de investigación se resuelve a mitad de metraje, sin que ello signifique el final de la película.
Pero las diferencias resultan más importantes (y con mayor peso específico) que la semejanzas. Si Seven era un film apocalíptico, Cure es una película pre-apocalíptica: un retrato del cáncer que se ha ido incubando en la sociedad (y no sólo la japonesa) y que ahora ha despertado. En Cure conocemos los primeros síntomas de una enfermedad terminal, que destruye al cuerpo del que forma parte (y que la ha engendrado). Porque el criminal de Cure no es un ángel exterminador (él no comete ningún asesinato. Éstos son realizados por diferentes individuos sin relación entre sí), sino, más bien, un inductor: él sirve de espejo en el cual se refleja la auténtica personalidad de aquellos que se miran en él. En un momento de la película, el inspector Takabe (Kôji Yakusho) le pregunta a su compañero, psicólogo de profesión, si es posible que los asesinos estén siendo hipnotizados, obligándoles a cometer esos espantosos crímenes. El psicólogo le responde que el hipnotismo no puede socavar la entidad moral de una persona, es decir, si alguien cree que matar está mal, la hipnosis no puede obligarle a realizar ese acto. Pero Kurosawa nos retrata una sociedad compuesta por máscaras. Máscaras que (en)cubren el egoísmo, la envidia, o, directamente, los miedos y complejos más profundos e inconfesables, también los deseos reprimidos (el propio protagonista ama a su mujer, enferma de Alzheimer, pero al mismo tiempo no puede evitar la frustración ante una enfermedad que le coarta la vida personal y profesional).
Este entramado de falsedades es visualizado por el director como una realidad paralela que convive con la nuestra. Así, cuando las víctimas son hipnotizadas, acceden a esa realidad, en la cual se enfrentan directamente con la reconstrucción de sus deseos. De esta manera Cure va mutando de piel, y a medida que los investigadores se involucran más en el caso, la película entra en el terreno de lo fantástico para acabar convertida en un film de terror (y aquí vamos más lejos de la aparente agresividad y malestar de Seven. Cure es una película realmente terrorífica). Durante su investigación, los protagonistas descubren un entramado oculto de sectas pseudo-científicas, lo cual dota al film de cierta atmósfera esotérica, potenciando la identidad de esa dimensión desconocida (una vez más, el agua aparece como propagadora del Mal, usada en este caso, como medio).
Pero si argumentalmente la película deriva del suspense al horror, no sucede así visualmente. En Cure Kurosawa parece querer mostrar al espectador esa realidad oculta que él ya conoce. Así, desde el principio, su puesta en escena no sigue los códigos del thriller. Sus planos secuencia, la suave movilidad de la cámara, la utilización de la profundidad de campo, parecen querer mostrar al público el entramado de esa dimensión. Los personajes son aislados, colocados en medio del escenario en encuadres precisos y estáticos. El detallismo de la puesta en escena dota a las imágenes de cierto tono de artificiosidad, como evidenciando la falsedad de lo mostrado, su condición de máscara. De esta manera, las imágenes se cargan de tensión por su condición de enigmas, de miedo a lo desconocido.
Como decíamos al principio, Cure es un film pre-apocalíptico. Más allá del pesimismo (con todo, catártico y, por tanto, liberador) del final de Seven, Kurosawa clausura su film con un plano de demoledor nihilismo: en él, al igual que el protagonista, nos damos cuenta que la enfermedad no se puede parar, ésta se propaga imparablemente. No existe clímax en Cure, pues todos estamos condenados.