MULHOLLAND DRIVE

(Mulholland Dr.)
USA-Francia, 2001. 145m. C.
D.: David Lynch
I.: Naomi Watts, Laura Elena Harring, Ann Miller, Justin Theroux
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En Mulholland Drive, David Lynch nos demuestra que en la fábrica de sueños también se producen pesadillas. La mirada de Lynch de Hollywood es oscura, grotesca y, sobre todo, perversa. Un universo casi diabólico camuflado en el nuestro, un entramado de apariencias que esconde en su interior una pavorosa realidad: como en Society de Yuzna, Hollywood parece la máscara de criaturas vampíricas, monstruosos seres de apariencia humana, dedicados a devorar, absorber pobres e ingenuas jovencitas de aspiraciones a estrellas. Al poco de comenzar el film, vemos como Betty (Naomi Watts) llega a Los Angeles, cargada de ilusiones y con una incansable sonrisa dibujada en su rostro: para ella, Hollywood es el paraíso donde sus mayores deseos pueden hacerse realidad. La acompañan dos entrañables ancianos quienes le desean la mayor de las suertes. Una vez separados, la pareja de ancianos parece sufrir una pavorosa transformación: su rostro forma una grotesca sonrisa. Ya no parecen humanos, sino repelentes criaturas que se relamen ante la llegada de carne fresca.
La estructura de Mulholland Drive está formada por dos historias que parecen discurrir paralelamente a lo largo del metraje: por un lado, la investigación de Betty y Rita (Laura Elena Harring) en busca de la identidad desvanecida de la última; y por otro, los enfrentamientos de un joven y prometedor director (Justin Theroux) por imponer su criterio artístico ante las mafias que controlan su película. Como he indicado, estas dos tramas parecen discurrir paralelamente, pero no es así. Aunque Lynch nos hace saltar de una a otra, como si estuvieran compartiendo una mísma línea temporal, en realidad estamos asistiendo al pasado y al presente de unos mismos personajes: las causas y las consecuencias se nos presentan en un mismo bucle temporal. De esta manera, Lynch plantea un juego de espejos, en el que pasado y presente se reflejan, formando un bucle en el que se materializa todo el sentido del film. Es a través de ambas investigaciones, como el director y las dos mujeres van internándose (y descubriendo) en los mecanismos que forman ese trampantojo llamado Hollywood. Poco a poco descubren una dimensión enigmática y paralela que tiene sus reflejos en la propia filmografía de Lynch: el Hollywood de Mulholland Drive es el reflejo del universo de pesadilla que habitaba Henry en Cabeza borradora; el lado oscuro, perverso, maligno del Lumberton de Terciopelo Azul; la población de Big Tuna a la que llegaban los protagonistas de Corazón salvaje; o la habitación roja de otro planeta de Twin Peaks, por poner algunos ejemplos.
Las propias protagonistas son reflejos de otras personas: la principiante e ingenua Betty es el negativo de la experimentada y afligida Diane Selwyn; y la delicada y perdida Rita la imagen invertida de la manipuladora y traidora Camille Rhodes. Mulholland Drive se nos revela como una hermosa, pero triste historia de amor, protagonizada por dos seres perdidos en un laberinto de enigmas y máscaras, que sólo se tienen el uno al otro, y que se traduce en imágenes con una pasión emocional y una delicadeza erótica escalofriantes, turbadoras en su sinceridad.
En su parte final, Mulholland Drive parece reflejarse en sí misma. Como si, al igual que sus protagonistas, hubiera encontrado su llave de acceso a la "otra" realidad, Lynch dinamita las convenciones de la narrativa tradicional para formar un laberíntico entramado de rimas y reflejos, en el cual las identidades escindidas, el tiempo y el espacio se funden y confunden en un perturbador viaje al "otro" cine, en el cual, en su propio y obsesivo hermetismo, se encuentran todas las respuestas.
La puerta de entrada a ese "otro" mundo para las protagonistas (y ese "otro" cine para el espectador) es el Club Silencio, un purgatorio que separa el cielo (la fábrica de sueños) del infierno (la engendradora de pesadillas). Una dimensión en sí misma, al cual van a parar las almas de aquellas desgraciadas que se han enfrentado al Mal, a la Oscuridad, y han acabado contaminadas por Él: entre el público de la sala podemos encontrar la presencia de Sheryl Lee, la Laura Palmer absorbida por el abismo en Twin Peaks.
"Silencio" es la palabra que cierra Mulholland Drive. Un imperativo (o quizás un consejo) innecesario, pues, de nuevo, David Lynch ha enmudecido al público con su inabarcable talento para tejer asfixiantes y turbadores entramados sonoros y visules, capaces de hipnotizar al espectador, quien es transportado a un universo onírico y fascinante. Un mundo regido por las leyes del misterio y de los sueños, donde las sensaciones se imponen a la lógica, y donde los enigmas parecen multiplicarse en infinitas líneas de fuga sin solución. Un cine donde el misterio nunca tiene fin.

Intelectualgore dijo
NOTA: "Mulholland Drive" hace la película nº 100 reseñada en Proyecto Estragos. Qué mejor que esta fascinante y perturbadora mirada al mundo del cine para "celebrarlo".
Un sincero agradecimientos a todos los que me estáis acompañando en este viaje...y a ver a donde nos lleva.
Un saludo!
20 Noviembre 2005 | 01:00 PM