(Boogie Nights)
USA, 1997. 156m. C.
D.: Paul Thomas Anderson
I.: Mark Wahlberg, Burt Reynolds, Julianne Moore, John C. Reilly

El comienzo de la segunda película de Paul Thomas Anderson es toda una declaración de principios, tanto de la propia película como de su director: un impresionante plano secuencia de ecos scorsesianos que nos introduce enérgicamente en una época y en un mundo. No es sólo una filigrana técnica con la que epatar al espectador desde el principio: como si fuera la mano del destino, la cámara enlazará visualmente una serie de personajes, los cuales formarán el núcleo del film. No son figuras aisladas, sino que habitan un entorno, actúan delante de un escenario. El plano secuencia relaciona a los personajes con lo que les rodea, describiendo al mismo tiempo a la persona y al escenario en el que se mueve.
Y es que Boogie Nights no es tanto un film sobre los engranajes del cine porno como una película acerca de los sueños. Tanto el director Jack Horner como el joven superdotado Eddie Adams tienen el mismo sueño: trascender el entorno que habitan, el cual al mismo tiempo les limita: por un lado, Jack busca realizar su obra maestra, pero su adscripción al género pornográfico le obliga a someterse a una serie de esquemas y códigos reduccionistas; Eddie huye de sus padres, de su hogar, de su pueblo. Huye de un entorno que le oprime y le coarta sus ambiciones. Ambos encontrarán su objetivo en un mismo medio: el cine.
La figura del mítico actor John Holmes no es más que una excusa, lo mismo que el desarrollar la historia en el mundo del cine porno. Como decíamos, lo importante son los ambientes, pues estos son los que controlan y dirigen las vidas de sus habitantes: por eso, una vez alcanzada la fama, Eddie Adams, convertido en Dirk Diggler, lo primero que hará es comprarse ropa y una enorme mansión, milimetricamente decorada siguiendo sus gustos.
En Boogie Nights se le da una gran importancia al paso del tiempo: a modo de fresco histórico, el film retrata una década entera, comenzando en 1977 y finalizando a finales de los 80. El cambio de década conlleva un cambio estilístico:la decadencia de los protagonistas durante los 80 viene acompañado por una degradación del contexto: de las fiestas en lujosas piscinas enormes mansiones pasamos a una angosta cocina, en la cual tres personas juegan con su futuro y sus vidas como si fuese la ruleta rusa. No es extraño, por tanto, que en su última mitad de la película, el entorno pornográfico desaparezca totalmente, pues éste ya no es el centro de la vida de los protagonistas: será sustituído por la cocaína, el nuevo medio para la creación de paraísos artificiales y la manera de ganar dinero rápido y fácil en los 80.
En una escena, Dirk dice que los acontecimientos siempre se repiten a lo largo de la Historia; en otra, el actor Buck Swope asegura que el country se va a volver a poner de moda, porque éstas siempre vuelven. En Boogie Nights, los personajes tienen que volver a enfrentarse con su pasado en su recta final. Una vez que el espejismo se ha roto, de nuevo Dirk se convierte en el Eddie que mostraba su pene por 10 dólares, y Rollergirl vuelve a ser la Brandy que se acostaba con cualquiera del instituto.
Paul Thomas Anderson utiliza como plantilla el esquema del auge y caida de una estrella, pero que nadie se piense que Boogie Nights es un film moralista (más todavía transcurriendo la acción en un negocio basado en el sexo). Sin duda, Anderson siente tanta nostalgia por una época que ahora sólo sobrevive en su música como cariño por sus personajes. Cariño que no impide un acercamiento crítico, irónico incluso, a éstos: después de todo, ellos mismos son tan responsables de su gloria, como de su caída. Pero él también comparte el sueño de sus personajes, y el medio para hacerlo realidad: el cine. Anderson convierte cada plano de Boogie Nights en un acto de pasión cinematográfico: rodando con inagotable energía, lleno de inventiva y enlazando unos tras otro virtuosos planos secuencia, y legando para la posteridad una de las más hermosas declaraciones de amor al medio: en el primer día de rodaje de Eddie Adams, éste tiene una secuencia con Maggie. El plano parte de ellos dos y entra por el objetivo de la cámara, pasando por los engranajes, hasta enfocar la imagen invertida de los dos haciendo el amor, convertidos en las estrellas Dirk Giggle y Amber Waves. Para Anderson, al igual que para sus personajes, es ahí, en el interior de una cámara, donde se cumplen los sueños.