(Fah talai jone)
Tailandia, 2000. 110m. C.
D.: Wisit Sasanatieng
I.: Chartchai Ngamsan, Suwinit Panjamawat, Stella Malucchi, Supakorn Kitsuwon

Ante una película como Las lágrimas del Tigre Negro es fácil llevarse llevar por el preciosismo de sus árboles, cuidados con esmero y con la convicción de ser los más vistosos del mundo, y dejar de lado para una mejor ocasión, el sentido de esos árboles en un bosque que, en definitiva, es la base del sentido de su existencia.
La primera película del director y guionista Wisit Sasanatieng es, sin duda, un film posmoderno: su objetivo primordial consiste en dirigirse directamente a la memoria sentimental del espectador, jugando con una serie de iconos y estereotipos para subvertirlo y reciclarlos en algo nuevo, y propio. Las imágenes de su película remiten estéticamnete a las portadas de las fotonovelas más kitch, y éticamente a las soap operas (o, casi mejor dicho, telenovelas).
Promesas de la infancia que marcan la vida adulta de los protagonistas; relaciones viriles ensombrecidas por el fantasma de los celos y la traición; la visión romántiva del bandolero como héroe revolucionario y popular. Estos son los elementos que rodean a una excesiva historia de amor imposible, separada por fronteras clasistas y que tendrá, por supuesto, un justo y necesario final trágico. Todo un panorama de sentimientos excesivos y desorbitados que encuentran su respuesta (y último sentido) en la delirante paleta cromática del film, compuesto principalmente de saturados colores pastel, que otorgan al film un tono cursi e irreal. Las lágrimas del Tigre Negro se convierte en un artefacto que en su deliberada artificiosidad (en ocasiones la puesta en escena resulta puramente teatral, con los personajes declamando ante un fondo pintado de surreales, casi como auténticos tableux vivantes) encuentra la legitimidad de su desarrollo: los tópicos dejan de serlo para convertirse en referencias. Los personajes parecen ser conscientes de vivir en un entorno de ficción, conscientes de su condición de tópicos. Todos sus movimientos resultan meticulosas coreografías y sus interpretaciones, afectadas y teatrales. Sasanatieng no realiza tanto una historia de amor, como la escenificación de ésta.
La elección del marco genérico del western es esencial a la hora de recrear el simulacro: muchos cinéfilos consideran al western como la expresión cinematográfica por antonomasia. Las escenas que reproducen la imaginería más popular del género (como los sucesivos duelos entre los protagonistas, las cabalgadas por extensas tierras desérticas) responden a las pretenciones del producto: escenas clásicas que son reproducidas con una sensibilidad moderna. De esta manera, el film se acerca a la ciencia-ficción al mostrarnos un mundo que se parece al nuestro, pero que no reconocemos. Un mundo compuesto únicamente por emociones y sentimientos: todo en Las lágrimas del Tigre Negro resulta extremo y exagerado: si por un lado, el romanticismo del film resulta tan apasionado que encuentra su registro entre lo ridículo y lo sublime, las escenas de violencia resultan tan gráficas como espectaculares: al igual que el tiempo se detiene ante dos enamorados confesándose su amor eterno ante la única presencia del mar, éste también se congela para captar con hermosa delectación la sangre que brota de una herida de bala.
Las lágrimas del Tigre Negro es un artefacto decididamente cinematográfico, pues sólo tiene sentido en ese marco. Hay un recurso visual que puede servir como decodificador de las intenciones del film: el momento en el que los protagonistas recuerdan su primer encuentro durante su infancia es visualizado con unos fotogramas llenos de polvos, pelos y líneas, como si pertenecieran a la época muda (de hecho, el color resulta menos intenso) y el paso del tiempo hubiera erosionado esas imágenes. No debería extrañarnos si en un momento determinado las calles se transformaran en tiras de celuloide y los cielos adquirieran formato de scope, pues todo el universo de Las lágrimas del Tigre Negro está encerrado dentro de una cámara de cine.