TERROR SIN LÍMITE

(Rosso sangue)
Italia, 1981. 96m. C.
D.: Joe D'Amato
I.: George Eastman, Annie Belle, Charles Borromel, Katya Berger
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El comienzo de Terror sin límites (también conocida con el título de Antropophagus 2) resulta tan confuso como relevante: un hombre corre por un bosque, huyendo de su perseguidor. No sabemos nada de estos dos individuos ni los motivos por los cuales se han convertido en perseguido y en perseguidor. El fugitivo, desesperado, intenta franquear la verja que delimita la mansión a la que ha llegado. En el intento, se clava los pinchos de ésta en el vientre, desgarrándoselo y esparciendo sus intestinos. Este personaje, por cierto, está interpretado por George Eastman (es decir, el actor italiano Luigi Montefiore) quien también protagonizó Gomia. Terror en el mar Egeo, dirigida igualmente por Joe D'Amato, en la cual Eastman interpretaba a un grotesco caníbal que terminaba también con sus intestinos esparramados por el suelo (e intentándoselos comer en una de las escenas más justamente famosas del cine gore). El personaje interpretado por George Eastman en Terror sin límites también es griego y se llama igual que el caníbal de Antropophagus, Mikos Stenopolis. Pero a pesar de estas coincidencias, no sería correcto calificar esta película de secuela, sino, más bien, tratarla como un spin-off alternativo.
En un momento del film, el personaje que al principio corría detrás de Mikos, y que se revelará posteriormente como sacerdote, pregunta a los policías que le han detenido si creen en la existencia de una realidad paralela (e invisible) a la nuestra. Este dato no viene muy a cuento en el transcurrir del relato y, de hecho, no tendrá relevancia en el resto del metraje. En ese momento, D'Amato se está dirigiendo al propio espectador: Terror sin límite propone un universo alternativo, siendo Mikos una versión paralela del caníbal de la isla griega: en esta ocasión, nos encontramos ante una versión urbana (más bien rural). Ese mismo sacerdote confesará ser el culpable de la amenaza al ser, al parecer, el creador de Mikos, una mezcla de monstruo de Frankenstein, zombie y criatura satánica. Pero en ocasiones, más bien parece ser un alienígena con forma humana que ha aterrizado en la Tierra: sus deambuleos por oscuras calles y carreteras, su mudez, su postura impertérrita y carente de cualquier atisbo de sentimiento o emoción lo convierten en una figura en permanente estado de confusión, como ajeno a su entorno: como si lo que le rodeara (la gente incluída) fuese un total enigma para él: de ahí que en sus brutales asesinatos siempre utilice como arma un utensilio propio del escenario en el que acontece el crimen (un taladro quirúrgico en el hospital; una sierra eléctrica en el matadero; un horno en una cocina) intentando encontrarle un significado a estos utensilios desconocidos para él.
Terror sin límites es una película que se mira tanto a sí misma como a los otros. Por un lado, es un film que se recrea en algunos de los códigos más reconocibles del cine de género del cine italiano en su concepción popular (algunos dirán populachero): por ejemplo, el guión no es más que una excusa para engarzar una serie de escenas violentas, a cual más gráfica y sangrienta: en ocasiones, los personajes parecen coches de choque, dando giros arbitrariamente por la pista hasta que, inevitablemente, coinciden unos con otros (lo más interesante es que la película no sólo no intenta camuflar sus intenciones, sino que se recrea en un desarrollo sin sentido alguno); cierto extremismo en la descripción de algunos personajes como esa muchacha que está paralizada en su cama debido a unos problemas con la columna que nunca llegan a quedar muy claros (y que recuerda a la niña mutilada de El destripador de Nueva York de Fulci); una banda sonora de rock progresivo a medio camino entre el Keith Emerson de Inferno y los Goblin de Rojo Oscuro, ambas del maestro Argento; y, por supuesto, un desaliño formal marcado por un contínuo uso del zoom así como unos movimientos de cámara indiscriminados y vacilantes (aunque hay que reconocer que D'Amato consigue imprimir al film un ritmo al que no nos tiene acostumbrados).
Pero como buena explotation que es, Terror sin límite mira de reojo a los éxitos del cine americano: es más, en ocasiones, parece que estemos ante un remake inconfeso de la obra maestra de John Carpenter La noche de Halloween: al igual que Michael Myers, Miko no es una persona: es una figura, una silueta. Sus movimientos carecen de motivaciones o lógica. Son acciones mecánicas que en su determinismo exterior refleja el vacío que anida en el interior. Este aspecto mostruoso, unido a una aparente invulnerabilidad (se llega a decir que es un ser inmortal) le dará un halo casi mitológico, convirtiendose en un arquetipo que personifica los temores más profundos de nuestro subconsciente (si el niño del film de Carpenter creía que el asesino de la máscara era el "Hombre del Saco", aquí otro niño pensará que se enfrenta al "Hombre Negro" (sic)); el personaje del sacerdote, al igual que el Dr. Loomis, tendrá que vencer al escepticismo de las autoridades locales para hacerles comprender el terror al que se enfrentan, para finalmente contar con su colaboración en la búsqueda del monstruo; el clímax del film consistirá en el acoso de Mikos a la casa en la cual una niñera está al cuidado del niño y la muchacha inválida mencionados anteriormente. En su final, D'Amato irá aún más lejos: ese Mikos cegado, buscando a tientas a su víctima, resulta una sombra del final de ¡Sanguinario!. Está visto que los universos paralelos creados por Joe D'Amato y George Eastman no conocen fronteras, ni geográficas ni éticas.

engelson dijo
Ya tengo la uno (sin verla todavía), habrá que hacerse con la dos. Aunque ahora que veo mejor la cara del barbas, creo que la he visto (vamos, que ni idea de quien es el Eastman, ni ganas de buscar su cara)
PD. Te lo dije
11 Noviembre 2005 | 09:29 AM