EL EXORCISTA. EL COMIENZO (LA VERSIÓN PROHIBIDA)

(Dominion: Prequel to the Exorcist)
USA, 2005. 117m. C.
D.: Paul Schrader
I.: Stellan Skarsgård, Gabriel Mann, Clara Bellar, Billy Crawford
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Que de un mismo proyecto salgan dos productos diferentes, y que ambos puedan ser disfrutados por el público es un hecho que no resulta desconocido para los amantes de la música de cine. El que un compositor vea rechazada su partitura en favor de otra se está convirtiendo, desgraciadamente, en algo habitual en nuestros días (si bien partituras rechazadas las ha habido siempre, recordemos el popular caso de Alex North y la banda sonora para 2001. Una odisea del espacio). Pero ya sea a través de ediciones oficiales o mediante el mercado oculto del bootleg, el aficionado puede acceder a la partitura original, y realizar así las pertinentes comparaciones.
Como todo el mundo sabe, la accidentada producción de la cuarta entrega de El Exorcista dió lugar a dos películas dirigidas por directores diferentes: una de ellas, la dirigida por Renny Harlin, fue la que tuvo el honor de estrenarse comercialmente en las salas, resultando un pésimo film que poco, o nada, tenía que ver con la película dirigida por William Friedkin. Ahora, la inicial versión de Schrader tiene su oportunidad ante el aficionado, quien puede jugar a ver qué fue lo que disgustó tan profundamente a los productores del film: el resultado no es sólo un film más escalofriante que el de Harlin, sino mucho más denso y complejo, lo cual, sin duda, debió asustar a la productora.
La precuela de El Exorcista de Schrader no es tanto un film sobre posesiones diabólicas, como acerca de la existencia y propagación del Mal. El Mal está presente en todos los acontecimientos importantes de la Historia, dejando su marca en ellos, interactuando con los acontecimientos cuando no dirigiéndolos directamente: así, un sangriento crimen ocurrido en una aldea durante la 2ª Guerra Mundial puede repetirse años después: la única diferencia reside en el arma utilizada: en el primero, un oficial de las SS; posteriormente, un sargento del ejército británico. Más allá de su envoltura, ambos son títeres manejados por un poder mayor (y maligno) dispuesto a corromper a la humanidad con sus actos. El padre Merrin es el nexo de unión entre ambos incidentes. Su falta de fe le hará vulnerable al poder de Satán, quien extenderá todo su poder por el valle donde se realizan unas excavaciones arqueológicas. El Demonio utilizará como receptáculo de su presencia un joven que ha sido expulsado de su aldea debido a sus deformidades físicas: este personaje es el reflejo de Merrin, pues él también está aislado de su orden, en este caso de la Iglesia, de la cual reniega: Merrin sigue creyendo en Dios, pero esa creencia no conlleva amor, sino odio. Esta situación parece divertir al Demonio, quien se burla constantemente de los creyentes: así, en vez de herir y destrozar físicamente al joven poseído, lo sanará de sus malformidades, en una parodia de los milagros atribuidos a Jesucristo; en otro momento, un joven sacerdote es encontrado atado desnudo a un árbol, con varias flechas clavadas en todo su cuerpo, como si fuera una representación del martirio de San Sebastián. El enfrentamiento de Merrin con el Demonio que posee al jovén le llevará a realizar un exorcismo cuyo objetivo es tanto salvar al poseído como recuperar su fe.
Este enfrentamiento teológico es abordado por Schrader desde particular a lo general: la lucha entre Merrin y el Demonio tendrá su equivalente en el enfrentamiento entre el ejército británico y la tribu que habita en el valle, extendiendo así el debate interior a un discurso externo: las creencias cristianas contra los ritos paganos. Pero Schrader parece no poder (o querer) profundizar en el fascinante discurso psicológico/teológico que ha abordado y, finalmente, El Exorcista. El comienzo (La versión prohibida se conforma con terminar con el triunfo del Bien por encima del Mal a través del exorcismo de rigor, el cual, además, carece de la fuerza necesaria.
Pero a pesar de lo acomodaticio que resulta, es posible que el final no sea tan feliz como en un principio parece. Una de las mayores diferencias (y ventajas) de la versión de Schrader por encima de la de Harlin es que ésta sí es una precuela de El Exorcista y, por momentos, lo que en ella transcurre parece un plan del Diablo para que Merrin recupere la fe, como si lo preparara para un enfrentamiento mayor entre ambos. De esta manera, ese final, con Merrin de nuevo con el alzacuello y portando un crucifijo, dirigiendose a la luz, no puede por menos que despertar la inquietud del espectador.

engelson dijo
¡De lo que se entera uno!, vamos, que ni idea que hay dos versiones de la misma peli y con distinto director.
PD. ¡Que bien me cae el Skarsgard!
7 Noviembre 2005 | 01:33 PM