(House of the Dead)
Alemania-USA-Canadá. 2003. 90m. C.
D.: Uwe Boll
I.: Jonathan Cherry, Tyron Leitso, Clint Howard, Ona Grauer

Posiblemente, a muchos aficionados les cueste comprender los motivos por los cuales se ha producido un despropósito del tamaño de House of the Dead, aunque éstos son bastante lógicos. En una época en la cual el cine de género en Italia no pasa por sus mejores momentos, esta coproducción americano-europea resulta la alternativa al exploitation italiano de Amanecer de los muertos o Resident Evil. En este sentido, el basarse oficialmente en el popular vídeo-juego creado por la compañía Sega no es más que una excusa. Todo en House of the Dead respira aroma italiano, ya sea desde un punto de vista argumental (el científico que crea zombis en una apartada isla remite tanto a Nueva York bajo el terror de los zombis como a Zombie Holocausto) como estético (el demacrado aspecto de los zombis parece un reflejo del de los muertos vivientes de la ya mencionada Zombie Holocausto o de Masacre Zombie). Por momentos, me atrevería a decir que nos encontramos ante una variante del Zombie 3 de Fulci, con esos zombis capaces de correr, dar grandes saltos y practicar una especie de Kung Fú con volteretas aéreas incluídadas.
House of the Dead no se conforma con adaptar al medio cinematográfico la trama argumental de la que parte, sino que parece querer transformar el cine en un vídeo-juego. De esta manera, el director y los guionistas justifican todo tipo de excesos visuales y carencias argumentales: los jóvenes protagonistas carecen de motivaciones personales y actúan y hablan de manera acorde al estereotipo que encarnan (es un decir). De hecho, aunque son personas normales, en cuanto cogen un arma y se ven rodeados de zombis demuestran una puntería y unas dotes marciales dignas de expertos en la materia. Nunca parecen tener miedo, como si la perspectiva de la muerte no fuese más que un fastidio que les llevará a comenzar el nível desde el principio.
Gracias a esta base de, llamésmola, irrealidad virtual, el director Uwe Boll usa y abusa de tomas aéreas, planos con steadycam (la cámara nunca deja de moverse) y un montón de planos rodados con el efecto Bullet-Time popularizado por Matrix. Todo ello, como si el contar una historia fuese la menor de sus preocupaciones, y el mostrar a sus personajes en contínuas posturas cool fuese el único objetivo. Posiblemente, Boll guarde en su mesilla de noche El libro de estilo del cineasta moderno, en el cual narración, ritmo o verosimilitud son conceptos caducos. En el colmo de la defachatez, a lo largo del metraje se insertan numerosas imágenes tomadas del vídeo-juego original. No sé muy bien si en un intento de aportar un apunte metalingüístico (por la vía más fácil, por no decir burda) o para recordarnos constantemente que ésto es sólo un vídeo-juego, quizás justificando, o disculpándose, por el bodrio facturado.
Mejor corramos un tupido velo por la lectura sociológica (¿acaso los productores piensan que los protagonistas de su película -un grupo de adolescentes tan descerebrados como cretinos- reflejan la mentalidad de los jugadores de vídeo-juegos?; ¿se merecen éstos ser masacrados por un grupo de muertos vivientes como castigo por sus orgías de sexo, alcohol y techno? ¿o acaso ya son zombis, producto de su adicción a las consolas?) y apuntemos que si bien a lo largo del metraje no faltan escenas sangrientas y alguna decapitación, Uwe Boll parece no atreverse a llegar al nivel de los directores italianos en cuanto a cantidad (y calidad) del gore, intentando compensarnos con unos cuantos desnudos. Al menos, demuestra que no es tonto.