(Bizita Q)
Japón, 2001. 84m. C.
D.: Takashi Miike
I.: Kenichi Endo, Shungiku Uchida, Kazushi Watanabe, Shôko Nakahara

Un hombre graba a una prostituta adolescente mientras le hace una entrevista sobre su forma de vida. Ésta juega sensualmente con el entrevistador, quien parece sentirse molesto con sus insinuaciones. Finalmente, la prostituta le hace una felación y acaban practicando el sexo. A la hora de pagar, el hombre no tiene suficiente dinero: "Pídeselo a mamá", le indica a la prostituta. Tras haberse acostado con su hija, el hombre vuelve a casa.
De esta manera tan fulgurante, Miike nos presenta a los miembros del clan Yamazaki, ejemplo quintaesenciado de familia disfuncional (y aberrante): el hijo, quizás para resarcirse de las palizas a que le somenten sus compañeros de clase, maltrata brutalmente a su madre; ésta, en un intento de huir de esa realidad grabada en su cuerpo mediante escalofriantes cicatrices y cardenales, utiliza la heroína como medio de evasión mental y se convierte al servicio de terceros en una dominatrix que conoce todos los secretos del dolor.
Que el padre esté realizando un documental acerca de los comportamientos sexuales y violentos de la juventud nipona parece convertirle en el perfecto alter ego de Miike. Al igual que el padre recoge con su cámara la degradación moral de su entorno, Miike utiliza también el medio videográfico, pero hay una importante diferencia: mientras Kiyoshi Yamazaki se implica personalmente en su trabajo, utilizando a su propia familia, Miike se mantiene en la distancia, analizando a sus criaturas como si fuera un entomólogo. Es esa puesta en escena basada en la frialdad y el distanciamiento lo más perturbador de Visitor Q: el espectador contempla la acción desde el posicionamiento objetivista de un voyeur, sin poder implicarse en ella, mucho menos interrumpirla. Para Miike, en un mundo en el que la supervivencia está marcada por actos de humillación (física, sexual, psicológica o escatológica) no hay inocentes: tanto los agresores como los agredidos son producto del mismo caldo de cultivo: la apatía y la alienación.
Al igual que en Teorema, de Pasolini, será la aparición de un extraño, un desconocido que se integra en la familia y cuya identidad y motivaciones permanecerán secretas, quien servirá de acicate para despertar a los miembros de su letargo. Pero que nadie piense que Miike va a realizar una apología conservadora de la unión familiar. Que las técnicas utilizadas por este extraño pasen por el uso de la violencia, el asesinato y la necrofília demuestra que Miike sigue siendo un director provocador. Provocador, pero también inteligente. Envueltos en un conveniente (y distanciador) humor negro, Miike utiliza estos elementos para realizar una auto-defensa de su cine: la violencia y el sexo, conceptos polémicos asociados a su carrera, servirán para unir a la familia, sacándola de golpe del aislamiento emocional en el que habían caído. Para Miike, su cine, siempre visceral y esquinado, obra un efecto catártico en el espectador, abriéndole los ojos al mundo que le rodea.
En sus últimas imágenes, Visitor Q parece llevar a sus protagonistas a una vuelta a sus orígenes: desaparecido el deconocido, a modo de deus-ex-machina colectivo, parece establecerse la figura matriarcal como principio de todas las cosas, cuya leche materna sirve de alimento unificador de los integrantes del clan. Recorriendo un laberinto formado por elementos y conceptos tan transgresores como fácilmente sensacionalistas, Miike encuentra la salida a través de una mirada poética, demostración inequívoca de su talento, tan esquinado como deslumbrante.