LA PASIÓN DE CRISTO

(The Passion of the Christ)
USA, 2004. 120m. C.
D.: Mel Gibson
I.: James Caviezel, Maia Morgenstern, Monica Bellucci, Hristo Jivkov
Es posible que en los tiempos en que vivimos, a la hora de proclamar un mensaje se tenga que hacer a gritos. Mel Gibson sabe que lo importante es decir las cosas lo más alto posible y, por eso, su versión de las últimas horas de Jesucristo nos llega con la fuerza y la convicción de un fundamentalista. Gibson cree ciegamente en lo que cuenta, y está dispuesto a que su mensaje llegue hasta al último espectador, pero también sabe que un mito está compuesto de varias capas. En La Pasión de Cristo no sólo se nos cuenta la historia del Mesías, sino también la de un hombre y un hijo.
Como hombre, Jesús ha de sufrir en su propia carne los pecados de aquéllos a los que ha venido a salvar. Es esta representación frágil y desolada la primera que vemos, con un Jesús angustiado por sus temores, consciente del martirio que le espera, del destino para el que nació. Cada jirón de piel desgarrado, cada gota de sangre derramada sirve para cargar de sentido cada uno de los fotogramas. Es a través de ese sufrimiento físico que Gibson tiende un puente a lo místico, haciendo que la corrupción y degradación carnal sea el peaje para abandonar el asentamiento terrenal, un pago previo para abrir las Puertas del Cielo a todos los hombres.
Y como hombre, es parte de la carne y de la sangre de una mujer, de una madre. María será el espejo invertido de su hijo. Si Jesús realiza un viaje a lo místico a través de lo físico, María cargará con el dolor de ver a su hijo flajelado y crucificado. Para ella no es el Hijo de Dios, sino una parte de sí misma con la que está conectada, sintiendo su presencia y compartiendo su sufrimiento. Las lágrimas que derrama pretenden compensar la sangre de él, sangre que recogerá del suelo con unas toallas, en un intento de recuperar aquéllo que le ha sido arrebatado.
Como acercamiento a la figura del Hijo de Dios, La Pasión de Cristo utiliza los códigos del cine fantástico, imprimiendo a la narración un aliento mítico y mágico, de poderosas y bellas imágenes, pero también terrorífico como queda bien patente al comienzo, con un Huerto de los Olivos rodeado de bruma, con retorcidos árboles y sumido en una penetrante oscuridad, sólo parcialmente iluminado por una luna surcada por espesas nubes. Gibson utiliza el recurso de la cámara lenta para inmortalizar instantes, momentos que dan forma a una figura llamada a convertirse en una de las más significativas y discutidas de la Historia. Así queda justificada la presencia del demonio, de aspecto andrógino y que parece introducir con su presencia una realidad paralela, irreal, en el transcurso de la acción. Con sus defectos (la utilización de recurrentes flashbacks para rescatar momentos de la vida de Jesús, tan innecesarios como abundantes, o la cierta morosidad del ritmo), La Pasión de Cristo, gracias a su plasmación plástica, a sus cualidades estrictamente cinematográficas, resulta un film tan estimulante para el creyente como para el ateo.

sinsangre dijo
Fui a ver la perlícula después de la vorágine organizada por las muertes en los cines y los excesos de Gibson. Morboso que es uno.
La verdad es que el personaje me interesaba bastante, y el ver la misma historia de siempre, contada de un modo distinto, me resultaba atractivo.
Pese a no tener convicciones religiosas arraigadas, quiero decir que sentí cin fuerza el dolor que ese hombre pasó, y, sobre todo, la sensación de impotencia que desgarra a la madre.
No pude reprimir las lágrimas en algunas secuencias profúdamente emotivas, sobre todo en aquella en la que la madre recuerda las caídas de su hijo en la infancia.
Me gusta más la idea del sufrimiento de el hombre, que el padecimiento y pasión del mesías.
Me gustó en definitiva.
10 Octubre 2005 | 03:01 AM