GONIN

(Gonin)
Japón, 1995. 109m. C.
D.: Takashi Ishii
I.: Koichi Sato, Masahiro Motoki, Jinpachi Nezu, Kippei Shiina
Gonin es una película de yakuzas post-moderna construida a base de contrastes.
La base argumental del film de Takashi Ishii no podría ser más clásica: un grupo formado por cinco personas decide dar un golpe a la yakuza asaltando su sede y llevándose un suculento botín. Las represalias, por supuesto, no se harán esperar. El grupo está compuesto por auténticos perdedores, productos de una sociedad basada en las apariencias, en la imagen. Cada uno de esos personajes muestra su lado más brillante (el dueño de una discoteca: guapo y, supuestamente, rico; el padre de familia ausente de su hogar por haber sido despedido de su trabajo y no se atreve a confesárselo a su familia -personaje basado en el famoso caso real ocurrido en Francia-; el otrora inspector de policía, ahora degenerado en vigilante de un sórdido burdel o el joven empapado de estética gothic-glam por las noches para ejercer de gigoló homosexual) pero, en el fondo, están nadando en aguas pantanosas, ensuciadas por los recortes de personal empresariales, por la prostitución ilegal, por la crisis económica y el consecuente acoso de la yakuza. El quinto personaje que nos queda es el único que se muestra como es, que asume su condición de desarraigado sin disfrazarlo de falsos oropeles. No por casualidad será el que ponga en peligro al resto del grupo.
La factura visual de Gonin sublima su argumento transformándose en un auténtico ejercicio de estilo. Combina el trepidante y sincopado montaje de un vídeo-clip con la estética plástica (y la ética surrealista) de un manga. Es muy posible que la ligereza argumental sea una opción deliberada por parte del director/guionista, quien así puede dar mayor libertad a su creatividad. La irrealidad cromática del escenario (en ocasiones casi abstracto) y ciertos apuntes casi metafísicos (como el poder trágico del destino) sitúan definitivamente al film en los terrenos de lo fantástico e, incluso, del cine de terror (verbigracia, la escalofriante secuencia en la cual el padre de familia vuelve al hogar).
Y es en este ambiente esteticista donde más destacan las pavorosas escenas de violencia, resueltas de manera frontal y directa, en ocasiones planificadas con un estatismo propio del cine de Takhesi Kitano quien, no por casualidad, interpreta a un lacónico matón a servicio de la yakuza. En sus minutos finales, Gonin da la vuelta a sus fotogramas mostrando su reverso: la película se transforma en una huida casi suicida, imbuida de un trágico romanticismo filogay que la aleja (casi) por completo del vacío manierista.

Chico Viejo dijo
No la he visto aún. Venden un pack a buen precio con Gonin y Gonin 2. ¿Crees que merece la pena? 3 estrellas no me dan mucha confianza... :-P
Una pregunta: ¿Kitano ejerce de secundario o es un simple cameo-reclamo?
Saludos!
P.D. Dejé mi respuesta al desafío del final de Ichi the Killer... sólo para que conste, la volví a ver y sigo pensando que el libro de Lorenzo se cuela bastante
25 Septiembre 2005 | 11:03 PM