(Koroshiya 1)
Japón, 2001. 129m. C.
D.: Takashi Miike
I.: Tadanobu Asano, Nao Omori, Shinya Tsukamoto, Alien Sun

Quien haya visto Dear or Alive seguro que sentirá una sensación de familiaridad con las primeras imágenes de Ichi the Killer, posiblemente el film más conocido de su director. El primer plano recorre con velocidad vertiginosa las laberínticas calles de una urbe que combate con sus luces la nocturnidad que intenta ahogarla. A continuación una mezcla de yakuzas, sangre, sexo y drogas será el pistoletazo de salida que pondrá en marcha la trama del film. Pero no estamos ante un "thriller" protagonizado por bandas yakuzas. Basándose en el manga homónimo de Hideo Yamamoto, Miike radicaliza los elementos fantásticos, llevando a sus personajes al terreno del cine de horror más extremo y excesivo. Ultraviolenta e hipergore al tiempo que demencial y delirante, Ichi the Killer es un film profundamente romántico, pues sus personajes tienen como único objetivo la búsqueda de esa persona que les complete y dé sentido a su existencia.
A pesar de dar nombre al film, Ichi es el personaje menos activo, pues todos sus movimientos resultan siempre programados. Ichi ha crecido físicamente pero su mente ha quedado anclada en una infancia marcada por la indefensión y el sexo. Manipulando sus instintos más primarios, esto es, la venganza y el deseo sexual, se convierte en el asesino perfecto, no-sentimental (que no sin sentimientos) y cercano al autismo.
Kakihara, el verdadero protagonista, vive su propia odisea masoquista, buscando el placer en el dolor. Para él, las personas que le rodean son o cuerpos físicos a los que torturar o armas afiladas que le dañen a él. Marcado y transformado prácticamente en un ser monstruoso verá en Ichi su única posibilidad de enfrentarse a un ser que es dolor en estado puro (capaz tanto de provocarlo como de sentirlo) cuyo sadismo es tan patológico como idiosincrático.
En el climax final Miike nos introduce directamente en la mente de su protagonista. Así, el público resulta transportado a una zona a medio camino entre el surrealismo y lo onírico, y dode todas las licencias poéticas son plausibles. Este final bien podría ser un ejemplo del objetivo del cine de Takashi Miike: un auténtico ataque a los sentidos del espectador.