LOS DEPREDADORES DE LA NOCHE

(Les prédateurs de la nuit)
USA, 1988. 98m. C.
D.: Jesús Franco
I.: Helmut Berger, Brigitte Lahaie, Telly Savalas, Christopher Mitchum
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El inconveniente con la filmografía de Jesús Franco es que uno nunca sabe cuando puede considerarse un experto, tal es la envergadura de títulos que la conforman. Si a ello le sumamos la disparidad de títulos de la mayoría de sus películas (o múltiples versiones) el completar la filmografía de Franco resulta toda una proeza, el proyecto de una vida (estoy seguro que ni siquiera el propio tio Jess ha visto toda su filmografía).
Los depredadores de la noche supondrá toda una sorpresa para el goremaníaco. Por una vez, y desgraciadamente sin que sirva de precedente, la sangre le gana por puntos al sexo. La trama da pie a ello: un reputado cirujano concentra todos sus esfuerzos para recomponer el destrozado rostro de su hermana. Para ello, raptará a hermosas modelos para utilizar su hermoso rostro. Todo un pretexto para una sucesión de escenas splatter: desmembramientos, trepanaciones radicales con taladradora, decapitaciones y cabezas descompuestas devoradas por gusanos; todo ello mostrado de manera gráfica y sangrienta por los muy competentes efectos especiales. El "highlight" de la función será una operación quirúrgica de intercambio de piel facial rodada con todo lujo de detalles.
Por supuesto, el sexo no está del todo ausente. La presencia de bellezas como Caroline Munro o la ex-estrella del porno gabacho Brigitte Lahaie (musa de Jean Rollin) dotan al film de una ambientación sensual, potenciada por una estética en ocasiones propia de un telefilm "soft" de ambientes lujosos y decadentes. Además, Franco retoma su tema favorito (presente en su carrera desde la mítica Gritos en la noche) y obsesiones particulares: desarrollo de cómic y de pulp de bolsilibro (ese patético y chulesco detective), algo de sadomasoquismo a lo fumetti erótico e, incluso, cierta poética: la aguja hipodérmica en el ojo o la modelo contemplando su propio rostro arrancado.
Con los defectos clave del cine de su autor (ritmo lacio, guión desestructurado, escasa coherencia, etc.) pero con una ambientación disco-hortera propia de la década de lo más fresca y, sobre todo, un final que pillará desprevenido al espectador (con referencia a Poe incluída) en el que Franco demuestra dos cosas: hacia quienes dirige sus simpatías y su lujuria por el serial.
